jueves, 25 de agosto de 2011

Capítulo 8

Al día siguiente pasé la mañana sola, con Goliat en brazos, pensando en la tontería que iba a hacer esa tarde. Quizás Christian pensara que estaba loca y se fuera, y así tendría una excusa para no hacer lo que le había prometido que haría. Sería una justificación cobarde, pero yo me olvidaría de todo entonces, y no tendría que cargar con la sensación de haber hecho el ridículo.
Pero no, Christian me esperó. Estaba sentado bajo el árbol, como todos los días, con su guitarra apoyada en las piernas. En cuanto me vio se puso de pie y sonrió, haciendo que se me olvidara cómo caminar. Avancé hasta él concentrándome en los pasos que daba, primero una pierna, luego la otra, intentando no caer.
Llegué hasta él y nos saludamos con un tímido “hola”.
- Vamos, ¿qué pasa? Me tienes en ascuas.
Yo saqué una pequeña grabadora del bolsillo de mis pantalones vaqueros y se la mostré. Él seguía mirándome con una cara indescifrable, y a mí me entró una estúpida risa nerviosa. Hija, supongo que cuando leas esto ya lo sabrás, pero hablar con un chico guapo e intentar no hacer el ridículo suele ser algo casi siempre incompatible.
- Bueno, he traído la grabadora de mi padre. – le dije lo más serena que pude. – me gustaría, si tú estás de acuerdo, grabar alguna de tus canciones y… bueno… ponerle letra.
Me quedé mirándolo a ver qué cara ponía, pero su rostro permanecía impasible. Entonces, de repente, estalló en una risa escandalosa. Se reía a mandíbula batiente, cerrando los ojos y respirando con fuerza. Su pecho subía y bajaba rápidamente, al ritmo de su melódica carcajada.
Yo quería que me tragara la tierra. Había hecho un ridículo espantoso, ahora Christian me llamaría “niñata estúpida” y me reprocharía que mi idea era inviable y que no aceptaba peticiones como esa. Mis párpados empezaron a temblar, mis mejillas ardían y un tic nervioso apareció bajo mi labio inferior. Creía que iba a morir allí mismo. Me sentía realmente tonta, pero de nuevo, el chico de los ojos azules me sorprendió.
Se disculpó por sus malos modales y por su risa incontenible, y me dijo que le encantaba mi idea. ¡Que le encantaba! Todos mis temores se disiparon, y una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en mi cara.
Yo le expliqué que quería ser periodista, que me encantaba escribir y que adoraba la música, sobre todo SU música. Así que un reto como escribir la letra de una canción para él me encantaría.
Ese día se quedó marcado en mi memoria, hija, porque fue, sin duda, el comienzo de una inquebrantable amistad, pero eso te lo contaré más adelante.

Tocó una canción que nunca había escuchado, pero que fluyó por mi interior como si la melodía tuviera un cuerpo propio y se paseara a sus anchas por todo mi ser. Se me puso el vello de punta y no pude evitar cerrar los ojos mientras la pequeña y vieja grabadora negra de mi padre guardaba todas y cada una de las notas, los cambios de ritmo, las síncopas, los semitonos y los bemoles. Los dedos de Christian se movían ágiles entre las cuerdas y de vez en cuando me miraba para comprobar que todo iba bien. Cuando acabó se quedó un dulce silencio suspendido en el ambiente, nada incómodo, en el que me perdí como si aún pudiera escuchar esa maravillosa canción.
- ¿Dónde has aprendido a tocar así? – susurré.
- ¿Dónde? En mi casa. Tras horas y horas de ensayo. Esta guitarra la heredé de mi padre. Él se la compró usando todos sus ahorros cuando sólo tenía diez años, y cuando yo cumplí los doce me la regaló y me enseñó algunas cosas básicas. Luego yo he ido practicando todos los días.
No supe que decir. Siempre admiré a los músicos autodidactas, pero nunca imaginé que aquella música que él tocaba estuviese compuesta sin saber que hacía. Yo sigo creyendo que ese chico tenía un don.

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