lunes, 12 de septiembre de 2011

Capítulo 9

Recuerdo que los tres días siguientes los pasé en mi casa, reproduciendo la grabación una y otra vez, acostada en mi cama con la grabadora encima del vientre y dejándome llevar por la música. Tardé como una semana en decidirme a hacer la letra, pensado en un tema original, una especie de historia y no la típica canción de amor que a todo el mundo le gusta oír.
Me sentaba tarde tras tarde delante de mi escritorio con una hoja en blanco y la llenaba de ideas, de palabras sueltas, frases sin sentido, que poco a poco iba uniendo como si de una tela de araña se tratase.
Empecé a analizar las letras de mis canciones favoritas, a entenderlas. Las sacaba de Internet y me las leía, las intentaba comprender, intentaba descubrir en qué estaría pensando el artista a la hora de componerla, qué o quién sería su musa.
El día que fui a enseñársela estaba realmente emocionaba. Me sentía muy orgullosa de mi canción, aunque tenía miedo de que no le gustara a Christian.
Cuando fui al parque, como todos los días, no había nadie. Me extrañé muchísimo y lo primero que pensé es que le había pasado algo al chico de los ojos azules. Decidí coger mi bici para poder desplazarme más rápido por el barrio a ver si lo veía por alguna parte. Estaba impaciente por enseñarle la canción que tanto me había costado.
Recorrí las calles pedaleando despacio, miraba a todos lados, intentando reconocerlo. Quizás estaba en su casa y buscarlo por la calle sería inútil, pero no quería tirar la toalla. Ya era algo personal. Había pasado horas delante del papel, moviendo el lápiz entre mis indecisos dedos, que no se atrevían a escribir nada concreto. Había invertido mucho esfuerzo en esa canción y no me iba a ir a casa sin la opinión del músico.
Estuve como una hora y media pedaleando sin cesar, mirando en cada callejuela, por las avenidas… incluso pregunté a un par de personas si habían visto a aquel chico. Ni rastro de él.
Estaba empezando a desesperar, volví a la plaza pero tampoco había signos de que hubiera ido a tocar ese día. Estaba abrumada, no sabía cómo reaccionar, lo único de lo que tenía ganas era de pedalear fuerte, muy fuerte y salir volando de aquel mundo que parecía que me estaba tomando el pelo.
Tomé la primera salida que vi y seguí recto, esquivando los coches. Pedaleaba con ganas, sin mirar atrás, y con la velocidad mis lágrimas iban resbalando hasta ser absorbidas por mi cabello. Cuando frené, varios minutos después, me encontré en medio de la nada, rodeada de huertos y con los ojos llorosos por la desesperación. Me aparté de la carretera para no correr el riesgo de ser atropellada y me tumbé en el suelo, rodeada de hierba amarillenta por la escasez de agua en verano. Oía el tráfico a lo lejos, un rumor que me adormecía y calmaba. Cuando mis ojos estuvieron secos y mi mente relajada, cogí de nuevo la bici y empecé a pedalear de vuelta a casa, pero mi barrio se veía muy a lo lejos, como una mancha oscura entre tanto amarillo y pardo. Antes de llegar paré en una gasolinera para tomar un refresco y pasar por el baño, ya que había estado horas fuera de casa.
Entré en el establecimiento y el dependiente se me quedó mirando muy fijamente. Cuando salí del aseo aún podía sentir su mirada escrutando todos los rincones de mi cuerpo. Me sentía intimidada, hasta que un chico bastante alto entró y le pidió al dependiente un poco de ayuda por “ya sabes qué”. Me pegué a una estantería, intentando no ser vista. La conversación entre los dos hombres me tenía muy intrigada.
- Sí, es lo de siempre, nunca la arranco y cuando voy a hacerlo hace ruidos muy raros.- dijo el chico. Su voz me resultaba extrañamente familiar, pero no alcanzaba a ver su figura, tapada por unos botes de aceite para motor apilados frente a mí.
- ¡Pero yo ya no sé que más hacer, chico! Lo he probado todo. Además, da igual, si al final nunca te mueves del sitio y…
El hombre paró de hablar de repente. Yo cogí lo primero que tenía a mano e hice como que leía su etiqueta. Noté una presencia detrás de mí y me giré despacio. El dependiente estaba mirándome fijamente muy serio.
- ¿Qué, está interesante la composición de los… parches de nicotina?
Yo me quedé mirando lo que tenía en la mano, efectivamente había cogido un paquete de parches de nicotina para dejar de fumar. Empecé a ponerme nerviosa, nunca me ha gustado mentir, y ese hombre me daba muy mala espina.
- Hem… sí, es que siempre he tenido curiosidad por la composición de estas cosas. ¿Cómo avanza la ciencia, eh?
- A ver listilla, nos vamos a hablar fuera, ni se te ocurra robar nada, esto está lleno de cámaras y yo nunca olvido una cara, saldrías mal parada.
Y dicho esto movió su enorme trasero en dirección a la entrada seguido del chico.

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