Él siempre dijo que todo el dinero que pudiera recaudar y que no hiciera falta para otras cosas, lo emplearía en ahorrarlo para ayudar a pagarme la carrera. Siempre dijo que tenía madera de periodista, que se me daba bien escribir y que tendría un buen futuro.
Así que creo que eso me ayudó a seguir estudiando, a tener una media de sobresaliente en el instituto y a acabar la carrera en la lista de los mejores alumnos. Pero eso ya te lo contaré más adelante.
De lunes a viernes salía del instituto a las tres de la tarde y recorría el mismo camino día tras día, todas las semanas. Por la calle siempre iba escuchando música. Entonces era mi época rockera, en la que escuchaba a los AC/DC, Led Zeppelin y los Beatles entre otros. Esa época en la que se llevaban las fundas de colores para los móviles y camisetas de la bandera de Inglaterra.
Para mí, la hora de la comida y la sobremesa eran las mejores, porque era uno de los pocos momentos en los que coincidíamos todos juntos y podíamos hablar de temas importantes o simplemente de lo que habíamos hecho ese día.
Mi padre llegaba a la una y a las cinco ya tenía que estar en el bufete, Dany entraba a trabajar en el turno de las seis y mi madre se iba día sí, día no a colaborar en centros de desintoxicación o de ayuda a los indigentes.
Y yo me quedaba en casa sola. Leyendo, escribiendo o estudiando cuando tenía exámenes cerca. Y tres veces al día tenía que bajar a Goliat, mi pequeño chihuahua negro.
Su pequeña presencia me hacía sentirme menos sola, y salir con él al parque me alegraba el día.
Un viernes casi lo perdí. Estaba en el parque, sentada en el banco de siempre, escuchando la misma canción de siempre, mientras Goliat correteaba por el parque, olisqueando cada rincón como si le fuera la vida en ello. Buscando rastros de perros vecinos para marcar su territorio y escarbando en la tierra en busca de tesoros enterrados.
Cuando fui a ponerle la correa para volver a casa no estaba. Entre los matorrales, detrás de los árboles, debajo de cada banco. Mis ojos viajaban a la velocidad de la luz, intentando encontrar el pequeño cuerpecito negro del perro. Pero no fui capaz, no estaba, creía que me lo habían robado. Las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos. Pestañeé para hacerlas desaparecer pero sólo conseguí que cayeran por mis sucias mejillas.
De repente, detrás de mí, escuché una voz grave.
>> ¿Es tuyo?
Yo me giré inmediatamente y vi a un chico de unos veinte años, alto, con unos fuertes brazos, de pelo muy oscuro y rizado y unos ojos… ¡qué ojazos! Nunca había visto unos ojos tan increíbles, azules como el mar del Caribe, un azul puro, limpio y brillante.
>> Sí, es mío. ¿Dónde estaba?
El pequeño perro se había enfrascado en una pelea con otro perro, según me contó el joven.
Después de esto no pude otra cosa que agradecerle como un millón de veces lo que había hecho, hasta le intenté invitar a un café, pero Christian, que así me dijo que se llamaba, lo rechazó por falta de tiempo.
Ahora lo pienso y me siento ridícula. Una chica de dieciséis años intentando invitar a un tío de unos veinte. Seguramente pensó que estaba loca.
Lo vi alejarse, él contento por su buena acción, yo con las mejillas sonrojadas y ardientes, y una sonrisa en mis labios que mucho tardó en desaparecer. Que chico tan guapo, hubiera estado bien haber tomado un café con él.
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