Lo recuerdo todo como si fuera ayer. Por aquel entonces yo vivía en un pisito a las afueras de Madrid. Había nacido y crecido allí, así que no conocía otro mundo, solo sabía que no me gustaba. Cuando de pequeña mi padre me llevaba a pescar al lago, o hacíamos excursiones en verano, notaba como todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se impregnaban de felicidad. Siempre supe que mi vida estaba destinada a transcurrir rodeada de naturaleza, pero entonces yo sólo era una chiquilla de dieciséis que era conocida en el barrio por su naturaleza extrovertida y risueña.
Mis padres eran de clase media-baja. Mi padre, que trabajaba de abogado, no tenía prácticamente tiempo ni de estar en casa, así que yo ansiaba los fines de semana y las vacaciones como agua de Mayo. Siempre lo he recordado como un hombre fuerte y ancho de espaldas, con una incipiente calvicie provocada por el estrés y la edad. Tenía una redonda barriga en la que me encantaba sentarme cuando era pequeña, y que hacía botar cual caballo desbocado para hacerme reír. Es el típico padre-héroe que siempre sale en las películas americanas. Tal vez porque él era estadounidense, y eso lo hacía extrañamente diferente a los hombres españoles. Ni mejor ni peor, pero sí diferente.
Mi madre era ama de casa. Nunca terminó la carrera de biología porque no tuvo dinero para pagársela. A veces la oía llorar por las noches porque no conseguía hacer cuadrar las cuentas a final de mes, y se maldecía una y otra vez por no haber podido trabajar en un laboratorio. Eso me comía las entrañas. Saber que mi madre lloraba me marcó mucho, pero aprendí a vivir con ello como las abuelas del barrio se han acostumbrado a encontrarse jóvenes borrachos cada madrugada por las esquinas.
Era una mujer menuda y muy delgada. Tenía un gran potencial aunque la rutina acabó dejándola sin fuerzas.
Y luego estaba mi hermano, tu tío Dany. Es el chico más valiente, divertido, cariñoso y atento que he conocido y conoceré jamás. Siempre le admiré como hermana pequeña que era y soy. Adoro como consigue sacarme una sonrisa en los peores momentos, cuando creía que nadie podía ya animarme, llegaba tu tío y me abrazaba sin decir nada. Me dejaba apoyar su cabeza sobre su hombro y lloraba, lloraba hasta quedarme sin lágrimas. Entonces me miraba con sus ojos color avellana y mi problema desaparecía, por muy diversas que fueran las causas de mi pena, siempre desaparecía. Dany es una de esas personas que tienen magia en su interior, el tipo de persona que te gusta tener cerca, aunque no hable o no haga nada, su simple presencia me tranquilizaba. Es un diamante en bruto, como diría Albert Espinosa.
Dany dejó de estudiar a los diecisiete, cuando yo tenía catorce, porque decía que no valía para ello, y que prefería ponerse a trabajar y así ayudar a la economía familiar. Con el bachiller sin terminar tampoco optaba a un muy buen trabajo, pero pudo meterse a tiempo parcial en el burguer de la calle de abajo, así que tenía un sueldo digno, trabajaba cerca de casa y además, no tenía que prepararse los exámenes que tanto odiaba.
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