miércoles, 17 de agosto de 2011

Capítulo 6

Un mes después del encuentro con el chico de los ojos azules, el destino decidió jugar conmigo un poco más. Paseando por la calle principal de mi barrio, en dirección a la panadería, vi un grupo de gente formando un círculo que rodeaba un árbol en el centro de la plaza. Me acerqué curiosa, y cuál fue mi sorpresa al encontrarme a Christian sentado, con las piernas cruzadas y apoyado en el tronco del árbol, tocando la guitarra de una manera asombrosa para deleite de todos los curiosos y divertidos transeúntes.
Tocaba de una forma rápida, con un estilo pulido y ensayado, deslizando sus dedos sobre las finas cuerdas de nylon de su guitarra española. No fui capaz de reconocer la canción, pero llegó a mis oídos como una suave brisa, haciendo que el vello se me pusiera de punta. Él miró hacia arriba una vez terminada su actuación, buscando en la mirada de la gente una chispa de admiración. Se levantó cuidadosamente, se limpió el pantalón de tierra y esperó con una sonrisa en la boca a que los más amables acabaran de echar unas monedas sueltas dentro de la funda de la guitarra.
Yo no pude hacer otra cosa que esperar a que la muchedumbre se dispersara y me acerqué a él, con mi mejor sonrisa y le felicité por su número. Él no me reconoció, así que aproveché la oportunidad para bajar cada tarde a la plaza y escuchar sus canciones. En algunas cantaba, en la mayoría no, pero te puedo asegurar que podría tararear cada una de las melodías que interpretaba, porque me llegaban al alma. Recuerdo que en más de una ocasión tenía que retirarme en silencio porque las lágrimas se asomaban entre mis pestañas, y temía que alguien se diera cuenta de mi debilidad. Pero poco a poco me fijé que otras muchas personas me imitaban a lo largo de las semanas, se iban mirándose los pies, intentando disimular lo que ese chico había despertado en ellos. Y es que sus letras hablaban de un mundo mejor, de la amistad, el amor, la naturaleza, temas presentes en cada uno de nosotros pero que guardamos y no los teníamos en cuenta. Este chico conseguía que nos replanteásemos nuestra propia existencia mediante unos sencillos acordes y su voz dulce, dulce como sus ojos.
Tras un mes acudiendo casi todos los días a verle tocar, me decidí a presentarme, ya que yo me lo tenía cuidadosamente estudiado; sus gestos, su manera de mirar, su sonrisa perfecta e incluso un pequeño lunar que tenía en el lado derecho del cuello, pero dudaba que él se acordara de aquel encuentro accidentado gracias a Goliat.
Me acerqué con decisión a él, mientras guardaba la guitarra en su funda, y le sonreí lo mejor que pude. Él se quedó mirándome y achinó los ojos, como si le costara recordar.
- Tu cara me suena familiar. ¿Nos conocemos de algo?
Yo no pude otra cosa que sonrojarme y sonreír más aún. Por lo menos había reparado en mi existencia.
- Soy Bridget. No creo que te acuerdes de mí. Salvaste a mi perro, un chihuahua negro, de una pelea hace tiempo.
Él sonrió también y asintió enérgicamente. Me dio la mano como todo un caballero y me preguntó cómo estaba mi perro.
Agradecí mucho ese detalle, y le conté, como si fuera un amigo de toda la vida, que había estado enfermo unos días por un problema digestivo. Él no dejó de sonreír en todo momento, y no le incomodaba que me perdiera en sus inmensos ojos, de hecho, parecía que le gustaba.
Cuando el tema de Goliat no dio para alargar más la conversación, pasé a contarle que venía siempre que podía a verle tocar. Que sus canciones me encantaban y que le estaba muy agradecida por las emociones que me había hecho despertar en mi interior. Él se sonrojó, haciendo así juego con mis mejillas, y me dio las gracias repetidas veces. No quería irme de su lado, me gustaba charlar con él, pero estaba anocheciendo y los dos teníamos que volver a casa.
Y entonces, hija mía, tuve una idea de la que nunca me arrepentiré, y a la que estaré eternamente agradecida.
- Escucha, mañana estarás aquí, ¿verdad? – y tras esperar su respuesta afirmativa le dije: - cuando acabes de tocar espérame aquí, junto a este árbol, por favor, confía en mí.
Recuerdo a la perfección su cara de póquer, pero recuerdo también que me lo prometió, y que efectivamente, ahí estaba al día siguiente, esperándome con su peculiar sonrisa y preparado para lo que le iba a proponer.

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