Ruido. La ciudad es ruido. Es agitación, inquietud, estrés. Un movimiento continuo, la gente que viene y que va, un claxon que suena, los semáforos intercambian sus colores dirigiendo a la multitud a su antojo.
Y no me gusta.
Caminando por la acera noto la polución del ambiente, rostros desconocidos se cruzan conmigo cada segundo, nada se detiene, tienes que acoplarte al ritmo de la ciudad si no quieres que te aplaste.
Por eso decidí irme a vivir a la montaña en cuanto tuve ocasión. Contigo y con tu padre, por supuesto.
Deberás preguntarte porque te escribo esto, hija. Ahora solo tienes unos meses, y eres adorable, aunque algunas noches no me dejes dormir.
Un día me puse a pensar que no me gustaría que ignorases el porqué de tu existencia. Porqué tu madre decidió traerte al mundo ahora y no en otro momento, y porqué con tu padre y no con cualquier otra persona.
La vida es más sencilla de lo que nosotros creemos. Nosotros nos la complicamos, simplemente por el hecho de que sería demasiado aburrido si todo fuera perfecto.
Esta historia, nuestra historia, empieza cuando yo iba al instituto. No tenía más de dieciséis años, y deseaba convertirme en una exitosa periodista.
No hay comentarios:
Publicar un comentario