lunes, 12 de septiembre de 2011

Capítulo 9

Recuerdo que los tres días siguientes los pasé en mi casa, reproduciendo la grabación una y otra vez, acostada en mi cama con la grabadora encima del vientre y dejándome llevar por la música. Tardé como una semana en decidirme a hacer la letra, pensado en un tema original, una especie de historia y no la típica canción de amor que a todo el mundo le gusta oír.
Me sentaba tarde tras tarde delante de mi escritorio con una hoja en blanco y la llenaba de ideas, de palabras sueltas, frases sin sentido, que poco a poco iba uniendo como si de una tela de araña se tratase.
Empecé a analizar las letras de mis canciones favoritas, a entenderlas. Las sacaba de Internet y me las leía, las intentaba comprender, intentaba descubrir en qué estaría pensando el artista a la hora de componerla, qué o quién sería su musa.
El día que fui a enseñársela estaba realmente emocionaba. Me sentía muy orgullosa de mi canción, aunque tenía miedo de que no le gustara a Christian.
Cuando fui al parque, como todos los días, no había nadie. Me extrañé muchísimo y lo primero que pensé es que le había pasado algo al chico de los ojos azules. Decidí coger mi bici para poder desplazarme más rápido por el barrio a ver si lo veía por alguna parte. Estaba impaciente por enseñarle la canción que tanto me había costado.
Recorrí las calles pedaleando despacio, miraba a todos lados, intentando reconocerlo. Quizás estaba en su casa y buscarlo por la calle sería inútil, pero no quería tirar la toalla. Ya era algo personal. Había pasado horas delante del papel, moviendo el lápiz entre mis indecisos dedos, que no se atrevían a escribir nada concreto. Había invertido mucho esfuerzo en esa canción y no me iba a ir a casa sin la opinión del músico.
Estuve como una hora y media pedaleando sin cesar, mirando en cada callejuela, por las avenidas… incluso pregunté a un par de personas si habían visto a aquel chico. Ni rastro de él.
Estaba empezando a desesperar, volví a la plaza pero tampoco había signos de que hubiera ido a tocar ese día. Estaba abrumada, no sabía cómo reaccionar, lo único de lo que tenía ganas era de pedalear fuerte, muy fuerte y salir volando de aquel mundo que parecía que me estaba tomando el pelo.
Tomé la primera salida que vi y seguí recto, esquivando los coches. Pedaleaba con ganas, sin mirar atrás, y con la velocidad mis lágrimas iban resbalando hasta ser absorbidas por mi cabello. Cuando frené, varios minutos después, me encontré en medio de la nada, rodeada de huertos y con los ojos llorosos por la desesperación. Me aparté de la carretera para no correr el riesgo de ser atropellada y me tumbé en el suelo, rodeada de hierba amarillenta por la escasez de agua en verano. Oía el tráfico a lo lejos, un rumor que me adormecía y calmaba. Cuando mis ojos estuvieron secos y mi mente relajada, cogí de nuevo la bici y empecé a pedalear de vuelta a casa, pero mi barrio se veía muy a lo lejos, como una mancha oscura entre tanto amarillo y pardo. Antes de llegar paré en una gasolinera para tomar un refresco y pasar por el baño, ya que había estado horas fuera de casa.
Entré en el establecimiento y el dependiente se me quedó mirando muy fijamente. Cuando salí del aseo aún podía sentir su mirada escrutando todos los rincones de mi cuerpo. Me sentía intimidada, hasta que un chico bastante alto entró y le pidió al dependiente un poco de ayuda por “ya sabes qué”. Me pegué a una estantería, intentando no ser vista. La conversación entre los dos hombres me tenía muy intrigada.
- Sí, es lo de siempre, nunca la arranco y cuando voy a hacerlo hace ruidos muy raros.- dijo el chico. Su voz me resultaba extrañamente familiar, pero no alcanzaba a ver su figura, tapada por unos botes de aceite para motor apilados frente a mí.
- ¡Pero yo ya no sé que más hacer, chico! Lo he probado todo. Además, da igual, si al final nunca te mueves del sitio y…
El hombre paró de hablar de repente. Yo cogí lo primero que tenía a mano e hice como que leía su etiqueta. Noté una presencia detrás de mí y me giré despacio. El dependiente estaba mirándome fijamente muy serio.
- ¿Qué, está interesante la composición de los… parches de nicotina?
Yo me quedé mirando lo que tenía en la mano, efectivamente había cogido un paquete de parches de nicotina para dejar de fumar. Empecé a ponerme nerviosa, nunca me ha gustado mentir, y ese hombre me daba muy mala espina.
- Hem… sí, es que siempre he tenido curiosidad por la composición de estas cosas. ¿Cómo avanza la ciencia, eh?
- A ver listilla, nos vamos a hablar fuera, ni se te ocurra robar nada, esto está lleno de cámaras y yo nunca olvido una cara, saldrías mal parada.
Y dicho esto movió su enorme trasero en dirección a la entrada seguido del chico.

jueves, 25 de agosto de 2011

Capítulo 8

Al día siguiente pasé la mañana sola, con Goliat en brazos, pensando en la tontería que iba a hacer esa tarde. Quizás Christian pensara que estaba loca y se fuera, y así tendría una excusa para no hacer lo que le había prometido que haría. Sería una justificación cobarde, pero yo me olvidaría de todo entonces, y no tendría que cargar con la sensación de haber hecho el ridículo.
Pero no, Christian me esperó. Estaba sentado bajo el árbol, como todos los días, con su guitarra apoyada en las piernas. En cuanto me vio se puso de pie y sonrió, haciendo que se me olvidara cómo caminar. Avancé hasta él concentrándome en los pasos que daba, primero una pierna, luego la otra, intentando no caer.
Llegué hasta él y nos saludamos con un tímido “hola”.
- Vamos, ¿qué pasa? Me tienes en ascuas.
Yo saqué una pequeña grabadora del bolsillo de mis pantalones vaqueros y se la mostré. Él seguía mirándome con una cara indescifrable, y a mí me entró una estúpida risa nerviosa. Hija, supongo que cuando leas esto ya lo sabrás, pero hablar con un chico guapo e intentar no hacer el ridículo suele ser algo casi siempre incompatible.
- Bueno, he traído la grabadora de mi padre. – le dije lo más serena que pude. – me gustaría, si tú estás de acuerdo, grabar alguna de tus canciones y… bueno… ponerle letra.
Me quedé mirándolo a ver qué cara ponía, pero su rostro permanecía impasible. Entonces, de repente, estalló en una risa escandalosa. Se reía a mandíbula batiente, cerrando los ojos y respirando con fuerza. Su pecho subía y bajaba rápidamente, al ritmo de su melódica carcajada.
Yo quería que me tragara la tierra. Había hecho un ridículo espantoso, ahora Christian me llamaría “niñata estúpida” y me reprocharía que mi idea era inviable y que no aceptaba peticiones como esa. Mis párpados empezaron a temblar, mis mejillas ardían y un tic nervioso apareció bajo mi labio inferior. Creía que iba a morir allí mismo. Me sentía realmente tonta, pero de nuevo, el chico de los ojos azules me sorprendió.
Se disculpó por sus malos modales y por su risa incontenible, y me dijo que le encantaba mi idea. ¡Que le encantaba! Todos mis temores se disiparon, y una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en mi cara.
Yo le expliqué que quería ser periodista, que me encantaba escribir y que adoraba la música, sobre todo SU música. Así que un reto como escribir la letra de una canción para él me encantaría.
Ese día se quedó marcado en mi memoria, hija, porque fue, sin duda, el comienzo de una inquebrantable amistad, pero eso te lo contaré más adelante.

Tocó una canción que nunca había escuchado, pero que fluyó por mi interior como si la melodía tuviera un cuerpo propio y se paseara a sus anchas por todo mi ser. Se me puso el vello de punta y no pude evitar cerrar los ojos mientras la pequeña y vieja grabadora negra de mi padre guardaba todas y cada una de las notas, los cambios de ritmo, las síncopas, los semitonos y los bemoles. Los dedos de Christian se movían ágiles entre las cuerdas y de vez en cuando me miraba para comprobar que todo iba bien. Cuando acabó se quedó un dulce silencio suspendido en el ambiente, nada incómodo, en el que me perdí como si aún pudiera escuchar esa maravillosa canción.
- ¿Dónde has aprendido a tocar así? – susurré.
- ¿Dónde? En mi casa. Tras horas y horas de ensayo. Esta guitarra la heredé de mi padre. Él se la compró usando todos sus ahorros cuando sólo tenía diez años, y cuando yo cumplí los doce me la regaló y me enseñó algunas cosas básicas. Luego yo he ido practicando todos los días.
No supe que decir. Siempre admiré a los músicos autodidactas, pero nunca imaginé que aquella música que él tocaba estuviese compuesta sin saber que hacía. Yo sigo creyendo que ese chico tenía un don.

martes, 23 de agosto de 2011

Capítulo 7

Cuando volvía a casa aún no podía creer que había hablado con Christian. Me sentía eufórica, nada podía arruinarme el día.
Nada más cerrar la puerta de mi habitación sonó el timbre. Luke quería quedarse a cenar en mi casa porque sus padres estaban discutiendo otra vez. Los padres de Lucas eran bastante mayores y no se preocupaban en absoluto por su hijo. Él, en vez de rebelarse, hacerse pandillero y drogarse, como la mayoría de los jóvenes del barrio, decidió estudiar y pasar de sus padres, que para lo único que hablaban con su hijo era para gritarle que no servía para nada.
Él venía a mi casa casi todas las tardes, y la pasábamos juntos estudiando y viendo películas. Luke hacía todo lo posible para volver tarde a casa o si a veces era posible, quedarse a dormir. Sus padres nunca preguntaban dónde iba o de dónde venía, sólo se aseguraban de que no les cogiera dinero de sus carteras (cosa que nunca hizo). Sin duda, los padres de Luke no se preocupaban en absoluto de él, no lo conocían ni como hijo ni como persona. Pero él ya estaba acostumbrado. Las peleas de sus padres se convirtieron en su día a día; su padre rompía cosas, su madre gritaba y lloraba, y luego se reconciliaban con una sesión de sexo desenfrenado. Luke ha pillado más de una vez a su padre cerca de un prostíbulo y a su madre borracha tirada en la calle. Él siempre me dijo que si se quedaba huérfano sería una de las mejores cosas que podía pasarle. Estaba harto de oír gritos, primero de odio, y luego de placer. Todos los días, como un bucle infinito y sin salida.
Mis padres conocían su situación, y le apoyaban todo lo que podían. Por eso para ellos era como otro hijo, al que querían y cuidaban, y del que se preocupaban como uno más de la familia.
Yo no podía hacer otra cosa que escucharle y consolarle, y luego él sonreía, me abrazaba, y cambiaba de tema como si no hubiera pasado nada. Era Luke, era mi amigo, y yo habría dado mi vida por él.
Le conté que había hablado con el chico de los ojos azules, y también la idea que tenía en la cabeza. El pensó que a lo mejor no salía bien, pero luego la aprobó y me dio todo su apoyo.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Capítulo 6

Un mes después del encuentro con el chico de los ojos azules, el destino decidió jugar conmigo un poco más. Paseando por la calle principal de mi barrio, en dirección a la panadería, vi un grupo de gente formando un círculo que rodeaba un árbol en el centro de la plaza. Me acerqué curiosa, y cuál fue mi sorpresa al encontrarme a Christian sentado, con las piernas cruzadas y apoyado en el tronco del árbol, tocando la guitarra de una manera asombrosa para deleite de todos los curiosos y divertidos transeúntes.
Tocaba de una forma rápida, con un estilo pulido y ensayado, deslizando sus dedos sobre las finas cuerdas de nylon de su guitarra española. No fui capaz de reconocer la canción, pero llegó a mis oídos como una suave brisa, haciendo que el vello se me pusiera de punta. Él miró hacia arriba una vez terminada su actuación, buscando en la mirada de la gente una chispa de admiración. Se levantó cuidadosamente, se limpió el pantalón de tierra y esperó con una sonrisa en la boca a que los más amables acabaran de echar unas monedas sueltas dentro de la funda de la guitarra.
Yo no pude hacer otra cosa que esperar a que la muchedumbre se dispersara y me acerqué a él, con mi mejor sonrisa y le felicité por su número. Él no me reconoció, así que aproveché la oportunidad para bajar cada tarde a la plaza y escuchar sus canciones. En algunas cantaba, en la mayoría no, pero te puedo asegurar que podría tararear cada una de las melodías que interpretaba, porque me llegaban al alma. Recuerdo que en más de una ocasión tenía que retirarme en silencio porque las lágrimas se asomaban entre mis pestañas, y temía que alguien se diera cuenta de mi debilidad. Pero poco a poco me fijé que otras muchas personas me imitaban a lo largo de las semanas, se iban mirándose los pies, intentando disimular lo que ese chico había despertado en ellos. Y es que sus letras hablaban de un mundo mejor, de la amistad, el amor, la naturaleza, temas presentes en cada uno de nosotros pero que guardamos y no los teníamos en cuenta. Este chico conseguía que nos replanteásemos nuestra propia existencia mediante unos sencillos acordes y su voz dulce, dulce como sus ojos.
Tras un mes acudiendo casi todos los días a verle tocar, me decidí a presentarme, ya que yo me lo tenía cuidadosamente estudiado; sus gestos, su manera de mirar, su sonrisa perfecta e incluso un pequeño lunar que tenía en el lado derecho del cuello, pero dudaba que él se acordara de aquel encuentro accidentado gracias a Goliat.
Me acerqué con decisión a él, mientras guardaba la guitarra en su funda, y le sonreí lo mejor que pude. Él se quedó mirándome y achinó los ojos, como si le costara recordar.
- Tu cara me suena familiar. ¿Nos conocemos de algo?
Yo no pude otra cosa que sonrojarme y sonreír más aún. Por lo menos había reparado en mi existencia.
- Soy Bridget. No creo que te acuerdes de mí. Salvaste a mi perro, un chihuahua negro, de una pelea hace tiempo.
Él sonrió también y asintió enérgicamente. Me dio la mano como todo un caballero y me preguntó cómo estaba mi perro.
Agradecí mucho ese detalle, y le conté, como si fuera un amigo de toda la vida, que había estado enfermo unos días por un problema digestivo. Él no dejó de sonreír en todo momento, y no le incomodaba que me perdiera en sus inmensos ojos, de hecho, parecía que le gustaba.
Cuando el tema de Goliat no dio para alargar más la conversación, pasé a contarle que venía siempre que podía a verle tocar. Que sus canciones me encantaban y que le estaba muy agradecida por las emociones que me había hecho despertar en mi interior. Él se sonrojó, haciendo así juego con mis mejillas, y me dio las gracias repetidas veces. No quería irme de su lado, me gustaba charlar con él, pero estaba anocheciendo y los dos teníamos que volver a casa.
Y entonces, hija mía, tuve una idea de la que nunca me arrepentiré, y a la que estaré eternamente agradecida.
- Escucha, mañana estarás aquí, ¿verdad? – y tras esperar su respuesta afirmativa le dije: - cuando acabes de tocar espérame aquí, junto a este árbol, por favor, confía en mí.
Recuerdo a la perfección su cara de póquer, pero recuerdo también que me lo prometió, y que efectivamente, ahí estaba al día siguiente, esperándome con su peculiar sonrisa y preparado para lo que le iba a proponer.

Capítulo 5

Cuando cumplí los catorce, tuve mi primer novio. No era nada serio en absoluto, pero me gustaba, y era un chico muy atento. Íbamos a la misma clase, y pasamos momentos muy divertidos juntos, pero no duramos más de tres meses.
Los primeros amores, hija, son un poco extraños, agitados como un barco zozobrante, imprecisos y inexactos, pero eso es lo que los hace hermosos.
A los pocos meses conocí a un chico en una discoteca de mi barrio. Sí cariño, tu madre iba a discotecas cuando era joven, y eso que no me gustaban. Sitios ruidosos y oscuros, llenos de humo, rodeados de gente borracha. La música era escandalosa e incitaba al roce, cosa que a mí me parecía repulsiva y ofensiva. Por eso prefería no salir de casa o irme con Luke y su primo Jose o nuestros amigos en común, con los que me sentía como uno más y con los que hablaba de cualquier tema, incluso les recomendaba chicas a los más desesperados.
Fueron tiempos de cambios, no solo hormonales sino también psicológicos, en los que un día estaba colada por uno y a la semana siguiente lo odiaba.
Esto causó un poco de tensión en mi casa. Mi padre quería prohibirme salir con ellos porque era la única chica y siempre ha sido muy desconfiado, pero mi madre me ayudaba ya que ella de joven era incluso peor que yo, por lo que tengo entendido.
Después de salir un par de días con ese chico que conocí en la discoteca, decidí olvidarlo ya que como suele pasar con los ligues de una noche, éstos nunca quieren nada serio, y muchas veces recurren a la mentira y el engaño para hacernos caer en sus trampas.
Desde entonces, hasta casi los diecisiete, no volví a tener un novio serio. Pero mi barrio era un lugar pobre, lleno de camellos y drogadictos, de mala gente que vivía de la noche, así que no me gustaba salir demasiado si no era acompañada de mis amigos, todos chicos, y así me sentía como una reina custodiada por sus guardaespaldas.

viernes, 5 de agosto de 2011

Capítulo 4

Pasaron como dos semanas después del encuentro con Christian, el chico de los ojos azules.
Se lo conté a mi mejor amigo, Lucas, al que conocía desde la guardería y con el que compartía todos mis secretos. Siempre he tenido más amigos chicos que chicas, desde que nos hacían cogernos de la mano y formar una fila para entrar en clase, y nos pintábamos las caras en los cumpleaños o jugábamos en el parque mientras las madres hablaban de sus cosas.
Creía, creo y seguiré creyendo, hasta que alguien me demuestre lo contrario, que los chicos son mejores amigos que las chicas. En el sentido de que no se dedican a compadecer al otro, simplemente escuchan, te comprenden y luego intentan hacerte olvidar aquello que te preocupa y sacarte una sonrisa. Las chicas suelen dedicarse a criticar a los demás, a recrearse en sus problemas. Está claro que hay excepciones, pero yo te hablo desde mi experiencia personal, hija, y sinceramente siempre he preferido contarle mis problemas a mi hermano o a Lucas que a mi madre o a alguna amiga de clase.
Pues Luke, como yo le llamo, me dijo que había sido muy afortunada de que el chico de los ojos azules no fuera el violador de los ojos azules. Y acto seguido los dos reímos. Yo creo que él es otra de esas personas especiales, con las que te gusta estar en cualquier situación. Además, siempre tuvo mucho carisma. Si quería decir algo, todo el mundo callaba y le escuchaba con atención, y eso hacía que lo admirara cada vez más.
Hubo un tiempo en el que estuve colada por él, antes de la época en la que se llevaban las fundas de colores para los móviles y las camisetas de Inglaterra, todo hay que decirlo. Pero preferí guardármelo para mí, no se lo conté ni siquiera a Dany, y esperé a que se me pasara, porque sólo el tiempo puede hacer que olvides cuánto amas a alguien.
Hija, he de decirte que no te creas el tópico de “los chicos y las chicas no pueden ser amigos”, ya te digo yo que sí es posible, lo que no puedo asegurarte es que no duela. Pero entonces teníamos una amistad construida desde hacía muchos años, y nos queríamos mucho, siempre desde la amistad, porque ya te digo que hice todo lo posible para olvidarme del amor por aquellos tiempos.

Capítulo 3

Él siempre dijo que todo el dinero que pudiera recaudar y que no hiciera falta para otras cosas, lo emplearía en ahorrarlo para ayudar a pagarme la carrera. Siempre dijo que tenía madera de periodista, que se me daba bien escribir y que tendría un buen futuro.
Así que creo que eso me ayudó a seguir estudiando, a tener una media de sobresaliente en el instituto y a acabar la carrera en la lista de los mejores alumnos. Pero eso ya te lo contaré más adelante.

De lunes a viernes salía del instituto a las tres de la tarde y recorría el mismo camino día tras día, todas las semanas. Por la calle siempre iba escuchando música. Entonces era mi época rockera, en la que escuchaba a los AC/DC, Led Zeppelin y los Beatles entre otros. Esa época en la que se llevaban las fundas de colores para los móviles y camisetas de la bandera de Inglaterra.
Para mí, la hora de la comida y la sobremesa eran las mejores, porque era uno de los pocos momentos en los que coincidíamos todos juntos y podíamos hablar de temas importantes o simplemente de lo que habíamos hecho ese día.
Mi padre llegaba a la una y a las cinco ya tenía que estar en el bufete, Dany entraba a trabajar en el turno de las seis y mi madre se iba día sí, día no a colaborar en centros de desintoxicación o de ayuda a los indigentes.
Y yo me quedaba en casa sola. Leyendo, escribiendo o estudiando cuando tenía exámenes cerca. Y tres veces al día tenía que bajar a Goliat, mi pequeño chihuahua negro.
Su pequeña presencia me hacía sentirme menos sola, y salir con él al parque me alegraba el día.
Un viernes casi lo perdí. Estaba en el parque, sentada en el banco de siempre, escuchando la misma canción de siempre, mientras Goliat correteaba por el parque, olisqueando cada rincón como si le fuera la vida en ello. Buscando rastros de perros vecinos para marcar su territorio y escarbando en la tierra en busca de tesoros enterrados.
Cuando fui a ponerle la correa para volver a casa no estaba. Entre los matorrales, detrás de los árboles, debajo de cada banco. Mis ojos viajaban a la velocidad de la luz, intentando encontrar el pequeño cuerpecito negro del perro. Pero no fui capaz, no estaba, creía que me lo habían robado. Las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos. Pestañeé para hacerlas desaparecer pero sólo conseguí que cayeran por mis sucias mejillas.
De repente, detrás de mí, escuché una voz grave.
>> ¿Es tuyo?
Yo me giré inmediatamente y vi a un chico de unos veinte años, alto, con unos fuertes brazos, de pelo muy oscuro y rizado y unos ojos… ¡qué ojazos! Nunca había visto unos ojos tan increíbles, azules como el mar del Caribe, un azul puro, limpio y brillante.
>> Sí, es mío. ¿Dónde estaba?
El pequeño perro se había enfrascado en una pelea con otro perro, según me contó el joven.
Después de esto no pude otra cosa que agradecerle como un millón de veces lo que había hecho, hasta le intenté invitar a un café, pero Christian, que así me dijo que se llamaba, lo rechazó por falta de tiempo.
Ahora lo pienso y me siento ridícula. Una chica de dieciséis años intentando invitar a un tío de unos veinte. Seguramente pensó que estaba loca.
Lo vi alejarse, él contento por su buena acción, yo con las mejillas sonrojadas y ardientes, y una sonrisa en mis labios que mucho tardó en desaparecer. Que chico tan guapo, hubiera estado bien haber tomado un café con él.

Capítulo 2

Lo recuerdo todo como si fuera ayer. Por aquel entonces yo vivía en un pisito a las afueras de Madrid. Había nacido y crecido allí, así que no conocía otro mundo, solo sabía que no me gustaba. Cuando de pequeña mi padre me llevaba a pescar al lago, o hacíamos excursiones en verano, notaba como todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se impregnaban de felicidad. Siempre supe que mi vida estaba destinada a transcurrir rodeada de naturaleza, pero entonces yo sólo era una chiquilla de dieciséis que era conocida en el barrio por su naturaleza extrovertida y risueña.
Mis padres eran de clase media-baja. Mi padre, que trabajaba de abogado, no tenía prácticamente tiempo ni de estar en casa, así que yo ansiaba los fines de semana y las vacaciones como agua de Mayo. Siempre lo he recordado como un hombre fuerte y ancho de espaldas, con una incipiente calvicie provocada por el estrés y la edad. Tenía una redonda barriga en la que me encantaba sentarme cuando era pequeña, y que hacía botar cual caballo desbocado para hacerme reír. Es el típico padre-héroe que siempre sale en las películas americanas. Tal vez porque él era estadounidense, y eso lo hacía extrañamente diferente a los hombres españoles. Ni mejor ni peor, pero sí diferente.
Mi madre era ama de casa. Nunca terminó la carrera de biología porque no tuvo dinero para pagársela. A veces la oía llorar por las noches porque no conseguía hacer cuadrar las cuentas a final de mes, y se maldecía una y otra vez por no haber podido trabajar en un laboratorio. Eso me comía las entrañas. Saber que mi madre lloraba me marcó mucho, pero aprendí a vivir con ello como las abuelas del barrio se han acostumbrado a encontrarse jóvenes borrachos cada madrugada por las esquinas.
Era una mujer menuda y muy delgada. Tenía un gran potencial aunque la rutina acabó dejándola sin fuerzas.
Y luego estaba mi hermano, tu tío Dany. Es el chico más valiente, divertido, cariñoso y atento que he conocido y conoceré jamás. Siempre le admiré como hermana pequeña que era y soy. Adoro como consigue sacarme una sonrisa en los peores momentos, cuando creía que nadie podía ya animarme, llegaba tu tío y me abrazaba sin decir nada. Me dejaba apoyar su cabeza sobre su hombro y lloraba, lloraba hasta quedarme sin lágrimas. Entonces me miraba con sus ojos color avellana y mi problema desaparecía, por muy diversas que fueran las causas de mi pena, siempre desaparecía. Dany es una de esas personas que tienen magia en su interior, el tipo de persona que te gusta tener cerca, aunque no hable o no haga nada, su simple presencia me tranquilizaba. Es un diamante en bruto, como diría Albert Espinosa.
Dany dejó de estudiar a los diecisiete, cuando yo tenía catorce, porque decía que no valía para ello, y que prefería ponerse a trabajar y así ayudar a la economía familiar. Con el bachiller sin terminar tampoco optaba a un muy buen trabajo, pero pudo meterse a tiempo parcial en el burguer de la calle de abajo, así que tenía un sueldo digno, trabajaba cerca de casa y además, no tenía que prepararse los exámenes que tanto odiaba.

Capítulo 1

Ruido. La ciudad es ruido. Es agitación, inquietud, estrés. Un movimiento continuo,  la gente que viene y que va, un claxon que suena, los semáforos intercambian sus colores dirigiendo a la multitud a su antojo.
Y no me gusta.
Caminando por la acera noto la polución del ambiente, rostros desconocidos se cruzan conmigo cada segundo, nada se detiene, tienes que acoplarte al ritmo de la ciudad si no quieres que te aplaste.
Por eso decidí irme a vivir a la montaña en cuanto tuve ocasión. Contigo y con tu padre, por supuesto.
Deberás preguntarte porque te escribo esto, hija. Ahora solo tienes unos meses, y eres adorable, aunque algunas noches no me dejes dormir.
Un día me puse a pensar que no me gustaría que ignorases el porqué de tu existencia. Porqué tu madre decidió traerte al mundo ahora y no en otro momento, y porqué con tu padre y no con cualquier otra persona.
La vida es más sencilla de lo que nosotros creemos. Nosotros nos la complicamos, simplemente por el hecho de que sería demasiado aburrido si todo fuera perfecto.
Esta historia, nuestra historia, empieza cuando yo iba al instituto. No tenía más de dieciséis años, y deseaba convertirme en una exitosa periodista.