martes, 3 de julio de 2012

Capítulo 10


El obeso dependiente tapaba con su figura al otro chico, así que me quedé con las ganas de saber quién era. Estuve paseando por la tienda varios minutos, esperando a que dejaran de hablar porque no quería interrumpir. El dependiente se llevaba las manos a la cabeza de vez en cuando, y notaba como poco a poco se iba poniendo más nervioso. Al cabo de unos veinte minutos volvió a entrar en la tienda, y por fin pude ver la cara del chico, que seguía de pie en frente de la puerta.
   Salí corriendo de la tienda mientras intentaba demostrar al dependiente que no había robado nada. Éste blasfemó repetidas ocasiones, pero no vino detrás de mí.
   El chico se estaba yendo. Caminaba en dirección a la parte de atrás de la gasolinera, y yo le seguía con la respiración agitada.
   -¡Christian! – grité.
   Él se giró sobresaltado y me miró. Ahí estaba, por fin. Sus ojos denotaban sorpresa, al igual que los míos.
-¡Madre de Dios! ¡Te he estado buscando por todas partes! ¿Dónde demonios estabas? – le dije, exaltada.
- Lo siento Bridget, no he podido ir hoy a tocar, he tenido unos cuantos problemillas.- dijo mientras se rascaba la cabeza.
Respiré hondo y me tranquilicé. Poco a poco se iba dibujando una sonrisa en mi cara, y me acerqué al chico.
-No, perdóname a mí. He estado trabajando muy duro en la canción y justo hoy que iba a enseñártela no estabas. Lo siento, me he puesto muy nerviosa.
-¿En serio? ¿Justamente hoy? ¡Qué casualidad! Bueno, no pasa nada, lo importante es que al final nos hemos encontrado, ¿no? – y rió con esa melódica risa que tenía.
Yo reí también y asentí enérgicamente.
-Esto… - dijo tímidamente.- ¿Estás preparada para enseñarme la canción?
-¡Por supuesto! Me muero de ganas, aunque tengo miedo de que no te guste.
-No digas tonterías, Bridget, si tanto esfuerzo le has dedicado, será genial.
-Gracias, de verdad. ¡Ah! Y puedes llamarme Bi, mis amigos lo hacen.
   Él sonrió ampliamente y me invitó a seguirle. Caminamos unos cinco minutos por un estrecho caminito que estaba escondido entre los matorrales que había detrás de la gasolinera. En repetidas ocasiones le pregunté a dónde íbamos, pero no me quiso responder.
   En un intento de entablar una conversación, me preguntó por el origen de mi nombre, americano, al gusto de mi padre, y yo le pregunté por su edad y su familia. Al primer dato, me respondió que tenia, como yo había deducido, veintiún años, a la segunda cuestión, me dijo que sus dos padres habían muerto en un accidente de tráfico.
-¡¿No?! – le dije, muy sorprendida, al enterarme del destino de sus padres.
- Sí, pero no te preocupes, pasó hace mucho tiempo, he aprendido a soportarlo. –  Me miró, y añadió al ver mi casa de incredulidad- En serio, estoy bien, ahora vivo solo y feliz, de verdad.
   Y más tranquila, seguí al chico durante unos pocos metros más hasta llegar a una alta valla, tapada con una tela verde que se camuflaba con el entorno. Christian sacó una oxidada llave de su bolsillo y la abrió.
   Detrás de la valla había una gran extensión de campo, delimitada por una densa cantidad de árboles y matojos. En medio del terreno estaba situada una vieja caravana, blanca con líneas rojas, casi rosas por el paso del tiempo. A lo lejos se podía ver una hilera de naranjos que delimitaban el terreno en un perfecto rectángulo. En cuanto cerró la valla de nuevo, escuché un fuerte repique a mi derecha. Me giré sobresaltada y no pude evitar soltar un grito ahogado. Dos caballos enormes me miraban fijamente. Uno blanco como la nieve, con el hocico rosado y unas fuertes patas, otro de un castaño claro, con las crines casi rubias. Los dos animales se acercaron trotando hacia Christian, quien les acarició con cariño. Mientras el caballo blanco se acercaba a mí y me pedía mimos, Chris me explicó que esa era la herencia por parte de su madre, quién era muy aficionada a los animales.
   A mí me encantaban los caballos, y cuando era pequeña siempre había querido ir a una escuela de equitación, pero mi padre me reprochaba que ese era un deporte para ricos y que nosotros no podíamos permitírnoslo, así que abandoné la idea a los pocos meses.