El obeso
dependiente tapaba con su figura al otro chico, así que me quedé con las ganas
de saber quién era. Estuve paseando por la tienda varios minutos, esperando a
que dejaran de hablar porque no quería interrumpir. El dependiente se llevaba
las manos a la cabeza de vez en cuando, y notaba como poco a poco se iba poniendo
más nervioso. Al cabo de unos veinte minutos volvió a entrar en la tienda, y
por fin pude ver la cara del chico, que seguía de pie en frente de la puerta.
Salí corriendo de la tienda mientras
intentaba demostrar al dependiente que no había robado nada. Éste blasfemó
repetidas ocasiones, pero no vino detrás de mí.
El chico se estaba yendo. Caminaba en
dirección a la parte de atrás de la gasolinera, y yo le seguía con la
respiración agitada.
-¡Christian! – grité.
Él se giró sobresaltado y me miró. Ahí
estaba, por fin. Sus ojos denotaban sorpresa, al igual que los míos.
-¡Madre de Dios! ¡Te he estado
buscando por todas partes! ¿Dónde demonios estabas? – le dije, exaltada.
- Lo siento Bridget, no he podido ir
hoy a tocar, he tenido unos cuantos problemillas.- dijo mientras se rascaba la
cabeza.
Respiré hondo y me tranquilicé. Poco
a poco se iba dibujando una sonrisa en mi cara, y me acerqué al chico.
-No,
perdóname a mí. He estado trabajando muy duro en la canción y justo hoy que iba
a enseñártela no estabas. Lo siento, me he puesto muy nerviosa.
-¿En serio?
¿Justamente hoy? ¡Qué casualidad! Bueno, no pasa nada, lo importante es que al
final nos hemos encontrado, ¿no? – y rió con esa melódica risa que tenía.
Yo reí
también y asentí enérgicamente.
-Esto… -
dijo tímidamente.- ¿Estás preparada para enseñarme la canción?
-¡Por
supuesto! Me muero de ganas, aunque tengo miedo de que no te guste.
-No digas
tonterías, Bridget, si tanto esfuerzo le has dedicado, será genial.
-Gracias, de
verdad. ¡Ah! Y puedes llamarme Bi, mis amigos lo hacen.
Él sonrió ampliamente y me invitó a
seguirle. Caminamos unos cinco minutos por un estrecho caminito que estaba
escondido entre los matorrales que había detrás de la gasolinera. En repetidas
ocasiones le pregunté a dónde íbamos, pero no me quiso responder.
En un intento de entablar una conversación,
me preguntó por el origen de mi nombre, americano, al gusto de mi padre, y yo
le pregunté por su edad y su familia. Al primer dato, me respondió que tenia,
como yo había deducido, veintiún años, a la segunda cuestión, me dijo que sus
dos padres habían muerto en un accidente de tráfico.
-¡¿No?! – le
dije, muy sorprendida, al enterarme del destino de sus padres.
- Sí, pero
no te preocupes, pasó hace mucho tiempo, he aprendido a soportarlo. – Me miró, y añadió al ver mi casa de
incredulidad- En serio, estoy bien, ahora vivo solo y feliz, de verdad.
Y más tranquila, seguí al chico durante unos
pocos metros más hasta llegar a una alta valla, tapada con una tela verde que
se camuflaba con el entorno. Christian sacó una oxidada llave de su bolsillo y
la abrió.
Detrás de la valla había una gran extensión
de campo, delimitada por una densa cantidad de árboles y matojos. En medio del
terreno estaba situada una vieja caravana, blanca con líneas rojas, casi rosas
por el paso del tiempo. A lo lejos se podía ver una hilera de naranjos que
delimitaban el terreno en un perfecto rectángulo. En cuanto cerró la valla de
nuevo, escuché un fuerte repique a mi derecha. Me giré sobresaltada y no pude
evitar soltar un grito ahogado. Dos caballos enormes me miraban fijamente. Uno
blanco como la nieve, con el hocico rosado y unas fuertes patas, otro de un
castaño claro, con las crines casi rubias. Los dos animales se acercaron trotando
hacia Christian, quien les acarició con cariño. Mientras el caballo blanco se
acercaba a mí y me pedía mimos, Chris me explicó que esa era la herencia por
parte de su madre, quién era muy aficionada a los animales.
A mí me encantaban los caballos, y cuando
era pequeña siempre había querido ir a una escuela de equitación, pero mi padre me reprochaba que ese era un deporte para ricos y que nosotros no
podíamos permitírnoslo, así que abandoné la idea a los pocos meses.